Cuba iluminada por los cubanos

Aunque normalmente se deslinden como categorías artísticas diferentes y hasta divergentes por los códigos visuales y las técnicas empleadas, la caricatura y el retrato confluyen en que ambas buscan captar y expresar las esencias de sus modelos. Ambas resultan representaciones en tanto interpretaciones, nunca reproducciones. A pesar de que el retrato se tienda a relacionar con esta simplificadora noción; a pesar de que la fotografía, por su origen técnico, industrial, se relacionó en sus orígenes con “el reflejo definitivo de la realidad”. Concepción esta última que desconocía la elemental y decisiva inmiscusión del fotógrafo artista, cuya esencia personal entra en diálogo con la esencia personal del retratado; deviniendo entonces tales fotos en construcciones conjuntas, en juegos de seducción y entrampe.

Tales resultantes se aprecian en la copiosa muestra del fotógrafo español Héctor Garrido, inaugurada en el Museo Municipal de Gibara bajo el título Cuba iluminada, amplio proyecto desarrollado de 2010 a 2016, que involucró a más de 250 artistas, deportistas, científicos relevantes cubanos. Dos grandes previas exposiciones en La Habana (diciembre de 2013 y julio de 2016) y un grueso libro marcan jalones importantes dentro de la cronología del proyecto, a la que se suma ahora la selección curada para Gibara, con alrededor de cien obras. Toda una cartografía de personalidades cubanas, en su mayoría residentes dentro de los límites físicos de Cuba, junto a unos cuantos que habitan el mundo: lo que hace elucubrar, soñar con la posibilidad de una posible continuación allende la geografía, que mire hacia la Cuba explayada por el mundo, hacia la isla de infinitas dimensiones simbólicas.

Actores como Laura de la Uz, Eslinda Núñez, Mario Guerra, Jorge Perugorría, Héctor Noas, Vladimir Cruz, Mirta Ibarra, María Isabel Díaz, Broselianda Hernández, Rosita Fornés, Daisy Granados, Luis Alberto García, Aramís Delgado; artistas visuales como Roberto Fabelo, Esterio Segura, Zaida del Río, Choco; fotógrafos como Korda, Liborio Noval, René Peña, Roberto Salas, Julio Larramendi; arquitectos como Mario Coyula, Daniel Taboada; teatristas como Raúl Martín y Carlos Celdrán; cineastas como Fernando Pérez, Juan Carlos Tabío y Daniel Díaz-Torres; deportistas como Félix Savón, Ana Fidelia Quirot y Javier Sotomayor; bailarines como Carlos Acosta y Alicia Alonso; músicos como Pablo Milanés, Frank Delgado, Kelvis Ocha, Descemer Bueno. Todos engarzan en las paredes del museo de Gibara como un gran mosaico, más bien como un amplio y provocador puzzle que emana enigmas y acertijos acerca de la esencia aun no completamente develada de Cuba.

Cada retrato es un estudio de carácter. Muchas veces un registro de la idea que cada sujeto tiene de sí mismo. Abundan las trazas evidentes de juegos y complicidades con el fotógrafo. Algunos se guarecen en sus espacios vitales, en su cotidianidad, con otros se articulan verdaderas puestas en escena. Otros ofrecen sus rostros sin afeites contextuales, mirando al lente y más allá, en verdaderos actos de desnudamiento espiritual, de revelación sincera de intimidades.

Tentador y facilista es citar por enésima vez el ajiaco de Ortiz. Pero la diversidad que trasunta Cuba iluminada provoca una nueva reflexión acerca de la esencia heterogénea de la isla, donde la diferencia es casi una ley natural, donde la diversidad es como un reflejo condicionado de la nación. Donde la belleza es una hidra de mil caras luminosas que hacen resplandecer la nación donde quiera que se encuentren y lo que sea que piensen y como quiera que actúen.

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