Imanol Arias: “Humberto es el hombre más bello que he conocido en mi vida”

Como una tempestad inesperada apareció el actor español Imanol Arias al panel inaugural del FIC Gibara en el cine Jiba: “Los premios Lucía y la obra de Humberto Solás”. Unió su voz por Humberto y Gibara a la de Adela Legrá, Eslinda Núñez, Reynaldo González, Aldo y Sergio Benvenutto Solás, y Jorge Perugorría, con una alegre e intensa evocación de sus experiencias en Cuba, durante el rodaje de Cecilia, donde encarnó al galanesco Leonardo Gamboa.  

Yo voy a intentar ser breve, pero siendo un poco machadiano, puedo decir que mi juventud son recuerdos de un primer vuelo en Cubana de Aviación que echaba humo por el techo, mientras leía un guion de muchísimas páginas que me dio un hombre de pelo blanco en un teatro en Madrid, la primera vez que yo tuve una compañía, con un director inglés de la Royal Shakespeare. Interpretaba Sueño de una noche de verano. Pero ahí se cumplió el sueño de una noche de verano más grande en mi vida, que fue empezar en el cine.

Ese hombre de pelo blanco vino y me propuso la posibilidad de viajar a Cuba. Abandoné la compañía, en pleno éxito, y me embarqué en ese viaje largo, de horas. De tal forma que llegué una mañana nubosa, llena de humedad —que me abrazó, me abofeteó, me envolvió y me enloqueció para siempre— al aeropuerto José Martí, y al Hotel Habana Libre, donde se había dispuesto una planta, una habitación, cerca de habitaciones de personajes muy importantes para que me sintiera como en casa.

Por la tarde, paseando por la Plaza de la Catedral, mientras Humberto me contaba todas las construcciones que se estaban haciendo allí, que como ustedes saben, duró ocho meses —durante ocho meses los turistas del mundo vieron la Plaza de la Catedral como estaba en el siglo XIX—, en ese momento le dije (todavía le trataba de Ud.): “Humberto, si Ud. lo considera, creo que no estoy adecuadamente preparado para hacer esta película”. Humberto sonrió, prendió un cigarro sin filtro. Yo no entiendo mucho, pero creo que es el hombre más bello que he conocido en mi vida. Y el hombre que fumaba de la manera más bella que he conocido en mi vida. Y me dijo: “No solamente no vas a dejar la película. Déjame que te diga que a partir de ahora tú eres Yemayá, hijo, y a partir de ahora tu vida va a cambiar radicalmente. Vas a hacer mi película, solo vas a hacer cine prácticamente, de aquí hasta que te mueras. Vamos a ir a Cannes. No estás muy preparado para Cannes, pero vas a ganar Moscú”. Y así fue. Y me quede haciendo esa película.

Esa película que tenía un color raro, porque cometieron un error por generosidad. Como yo no sabía —el responsable está por aquí, me encontré con su mujer en la galería de Perugorría el otro día—, se encargaron durante un mes de reconstruir todas las escenas de la casa de la madre de Leonardo, sin película, con maquillaje y con todo, para que yo aprendiera a moverme, a marcar los pasos. Rodábamos con una Mitchell que no tenía “refes”, por lo tanto, en cada paseo había cuatro tipos del ICAIC tirados en el suelo para pararme en la marca. Mientras yo aprendía y saltaba la vía, un hermanico de ellos iba por detrás y la saltaba fácilmente. Y me miraba y decía: “¿Qué complicación tiene esto, por qué te pasas todo el tiempo ensayando, andando por la vía?”. Aquel hombre que está allá, que me iba diciendo: “no, párate ahí, quédate aquí”. Todo ese aprendizaje que hizo que viviera dos años en Cuba, me enamorara en este país, me enamorara de este país, y además dejó e hizo que el país me quisiera.

La situación no era muy fácil para el resto de los compañeros del ICAIC, pero recuerdo que Humberto consiguió que Titón, Manuel Herrera, todos, me acogieran, y yo iba una vez a la semana, o dos, a la Ciinemateca, y con Titón vi todo el cine soviético: vi Konchalovski, Stalker, todo, y me lo explicaba Titón. Con Herrera vi todo Visconti, me contaron sobre las telas que estaban dentro de los cajones, cómo se rodaba. Me pasé dos años viendo cine. Me formé en el cine. Por lo tanto, yo iba al ICAIC, y el ICAIC hacía un esfuerzo para que yo no notara el desastre económico que se estaba produciendo en aquel momento. Y la impaciencia de los grandes cineastas porque les tocara su turno. Yo jamás lo sentí, solo sentí cariño y amor.

Voy a contar algo porque no soy el protagonista, y además me voy a referir a alguien que es importante. Esa película era una coproducción y había unos compañeros, unos revolucionarios de la Cultura, Walter Achúgar, desde Uruguay, que eran los que propiciaron esta coproducción. Un día, hace unos meses, estaba en Madrid. Había muerto Fidel, había muerto el Comandante, y recibo un mensaje de un número que no conocía que decía: “Se ha muerto un amigo tuyo”. Y al ver que el número era de Uruguay, llamé a y pregunté: ¿Se ha muerto Walter Achúgar? Y me dijo: “No, se ha muerto Fidel”.

Yo dije, bueno, Fidel no era amigo mío, Fidel me dejó acercarme a veces a su casa, pero por otros motivos. No fue amigo mío. Dice: “Sí, tú no sabes la cantidad de esfuerzo que hizo Fidel para que esa película se terminara, por decisión propia, y para que tú te sintieras cómodo. Te nombró embajador cultural de Cuba, y te dio un carnet verde, y fue la persona que personalmente, aparte de Alfredo Guevara, se empeñó en que tuvieras una estancia y que esa película viajara contigo”. Primera noticia que tengo, dije. Me caí, empecé a llorar, y entonces recordé que ese ciclo, ese momento, tenía que ver con un gran estratega, un hombre sabio, que era Solás.

Por qué éramos tan blancos en la película, pues muy sencillo. La aportación española era la mía, dinero, otro actor —por cierto, el actor más franquista de la historia: vino aquí a hacer Cecilia y estaba todo el tiempo diciendo: “Estos comunistas, hay que matarlos, pero mira cómo tienen a la gente”. Y yo le decía: Alfredo, relájese. “No, no puedo relajarme. Si Franco estuviera aquí me cago en la puta, acaba con todo”. Ese hombre estuvo aquí rodando. Era el Capitán General, nadie hizo mejor que él ese personaje.— Bueno, era esa aportación y además trajeron un gran generador eléctrico, creo que fue el primero grande que hubo acá, dos camiones generadores eléctricos Pegaso, Barreiros, que luego además tuvo mucha relación con el país, por cierto. Y el material Eastman Color. Ahí vino el asunto.

Durante ese mes, de vez en cuando, metían codas de la película, material para ir viendo la luz y todo eso. Pero llegó el material fílmico, pero no los líquidos de revelado. Ese material Eastman Color se iba revelando con el Geva Color, y siempre quedaba oscuro. Por lo tanto, cada día nos iban aportando una capa de blanco más, otra capa de blanco más, otra capa de blanco más, de tal forma que la película tuvo dos visiones: la visión en Cuba, que era una película con el Geva Color, con los líquidos normales, y la visión en el extranjero, que aparte de la potencia de la película, los críticos occidentales le dieron una lectura de kabuki casi, es decir, de trama, de visión de kabuki, de visión dramática japonesa sobre la cultura cubana. En Portugal fue un escándalo de éxito esa película, por ejemplo. En España no entendía nadie nada. Creían que era la historia de un vampiro. Claro, los gallegos nunca iban a reconocer su maldad, por lo tanto, decían: no, esta es una historia de vampiros que ha hecho este muchacho, que dicen que es actor.

Y era porque nos confundimos con el revelado, y sobre todo por la generosidad de estar todo un equipo de filmación, el equipo más grande posiblemente que se haya juntado nunca en Cuba, porque, además, durante los ensayos estaba Titón, estaba todo el mundo. Nunca se había hecho un dispendio de montar un mes de rodaje sin película para que el muchacho gallego que había venido tuviera la más mínima noción de cómo colocarse en la cámara, de qué hacer, y de cómo amar.

Recuerdo eso y recuerdo una anécdota que siempre me ha perseguido, porque eran los momentos de mayor tensión que pasé en Cuba. Llegué el día de la Embajada del Perú. Llegué en un momento increíble. A los quince días ya se había marchado un amigo con mis cintas de Pink Floyd por el Mariel. Ya estaba roto yo. Yo a los quince días ya estaba metido en el asunto. Alguien ya se había marchado y se había llevado mi música. Con lo cual me quedé con la salsa dos años, y me hice un gran bailarín.

Bueno, Daysi Granados tenía problemas de peso en aquel momento. Sin embargo, era la Cecilia ideal. Pero tenía problemas de pesos. Y de vez en cuando la encerraban en el hotel Habana Libre unos días, para que adelgazara. Y la ponían en una habitación cercana a la mía. Tenía una habitación con un salón, y había otra habitación al lado, y ahí encerraban a Daysi, y ponían un tipo cuidándola.

Por la tarde, Daysi siempre me llamaba por teléfono y me decía: “Bájate a Coppelia, y sube ocho o diez bolas de helado de diferentes sabores”. El gallego bajaba a Coppelia. Allí decían: “¡Cómo le gusta al gallego el helado de Coppelia! Coño, qué cubano es este gallego”. Yo bajaba, subía las bolitas y las metía en la nevera de la suite. A las dos de la mañana, el hombre, que pensaba que Daysi estaba dormida, se retiraba. Y al notarlo, ya sabía que a las dos y oía un (toca a la mesa), y Daysi, —lo digo con todo el amor pues lo he comentado muchas veces—, entraba en mi suite. Siempre me decía: “¡Pero qué flaco estás!”, iba a la nevera y se zampaba las ocho bolas en 32 segundos. Quedaba otra complicación: ¿Qué hacer con las copitas de cristal para que no se dieran cuenta?

Entonces había una terracita, que no era un balcón, era una especie de tejadito, así saliente, y yo las iba tirando allí, rompiendo las copas. Monté una cristalería que no veas. Hasta que un día, el director del hotel me dijo: “Mire, señor Arias, no tire más copas a la terracita, yo le voy a dar una jabita de plástico azul. Usted me las mete ahí y yo se las recojo a la señora, pero no me tire más copitas porque va a acabar con todas las copas de Coppelia. En Cuba no hay tantas copas para romper”. Así y todo, Daysi consiguió adelgazar. Por las ganas que tenía de rodar.

Ya para terminar la anécdota graciosa: Daysi se ponía celosa cuando yo besaba al personaje de Eslinda, y entonces competían. Y me fascinaba Eslinda y me fascinaba Daysi. Tenía 24 años y estaba como un idiota. Pensé que era Marlon Brando, pensé que era Alain Delon. Porque, además, siempre me decía Humberto: “Tú eres como Alain Delon”, y yo me lo creí. Entonces en el día de la bañera con Daysi, viene Eslinda y yo me levanto con mi calzón, le doy un beso y Daysi, hasta aquí metida, que no quería salir de la espuma: “Óyeme, óyeme”. Entonces me hicieron creer que era Alain Delon, y eso ha marcado mi vida. Porque no he llegado a ser Alain Delon pero he llegado a ser Imanol Arias por estas dos mujeres.

Para terminar, decir que vengo con mucho retardo a esta ciudad. Que tenía que haber estado aquí hace tiempo. El tiempo es relativo. El tiempo pasa lento para el que deba algo. Pasa muy rápido para el que tiene miedo. Es largo para el que tiene vergüenza. Y es muy corto para el que es feliz. Por lo tanto, este tiempo largo en que no he venido se me ha hecho muy corto, porque hoy soy muy feliz.

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