Miel para Ochoa

Dicen los lugareños que la maldición de la gitana es la culpable de las lluvias que opacan los días festivos en Gibara. “Llegó un día pidiendo agua, nadie le dio y aseguró que en el pueblo no habría fiesta sin aguacero”. Este viernes por la noche los Ochoa de la música cubana cantaron bajo techo. Kelvis y Eliades. Eliades y Kelvis. Al público le importó poco las consecuencias del desaire a aquella mujer maldita y colmó la Casa de la Cultura de la Villa Blanca de los Cangrejos. ¿A quién no le gusta cantar con ellos?

“María Elena, no seas mala, llévame contigo pa´ Gibara”. Así cantaba el pelirrojo que ha puesto a bailar a cubanos de toda la Isla. ¿Acaso el nombre homónimo de su hija hace referencia al amor que siente por este pedazo de tierra? Poco tiempo después del ensayo, pasadas las 11 de la noche, Kelvis subió al escenario con su tropa. Lo más grande del mundo, como diría él mismo. Nuevas canciones y algunas antológicas como La conga de Juana y Si tú no quieres no te digo nada pusieron a gozar –no hay mejor palabra para describirlo– a los bailadores, pasivos y activos, cansados e intranquilos, discretos y excéntricos.

Rato después subiría el segundo Ochoa, para regalarnos temas de culto como El cuarto de Tula, Píntate los labios, María y Estoy como nunca. La oportunidad de disfrutar en vivo a este integrante del Buena Vista Social Club es verdadero placer para aquellos que amamos la música cubana tradicional. ¿Con qué compararlo? ¿Con caminar al lado de Ridley Scott para los fanáticos de la ciencia ficción? ¿O dialogar con Vargas Llosa para los que saborean la literatura rebelde?

En fin, que nada como la sabrosura que ofrecieron los Ochoa este viernes en Gibara para desaparecer la nostalgia que trae la lluvia. El público, heterogéneo como casi todo público, tuvo algo en común: la inteligencia para reconocer que delante estaban dos grandes de la música cubana que merecen respeto y muchos aplausos. Dos grandes que merecen miel, porque merecen tributo. ¿Alguien lo duda?

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