Peter Nadin y las asociaciones impredecibles

La tarde de ayer en Gibara atestiguó una asociación de ideas, símbolos, gestos y actos atípica y nada carente de bizarría. La Iglesia Católica de la ciudad acogió El tercer trazo (Third Mark), propuesta del artista estadounidense Peter Nadin, de muy híbrido carácter instalativo, performático, fotográfico, videocreativo, fílmico y pictórico. Todo un manojo de formas expresivas que componen las numerosas caras del verdadero poliedro que resulta esta obra.

Este contexto aporta otras tantas aristas simbólicas, dado el rol abominable que el cerdo juega en el cosmos bíblico, aunque el propio Nadin encuentre la asociación más inmediata en el mito “pagano” de Hércules y el Jabalí de Erimanto, tal como explicó en la breve presentación realizada a la entrada de la iglesia. Precisamente, un trasfondo anecdótico emanado por un sistema mitológico pululante de dioses, semidioses, monstruos, titanes y gigantes, todos mucho más cercanos a la “imperfección” humana atiborrada de pasiones, iniquidades, deseos y todo cuando ha sido etiquetado de pecaminoso que a la pureza virtuosa preconizada por el monoteísmo católico y cristiano en sentido general.

Entonces, El tercer acto de Nadin es el vértice de una trinidad inconsciente —pensada quizás como tríptico—, que viene a contraponerse como un espejo humeante (permítaseme la muy consciente apelación al dios infernal de los aztecas) a la trinidad ideal católica, abstracta en su inasible excelsitud, cual sol que deslumbra a los ciegos y acurrucados en la caverna de las ideas.

Nadin y el jabalí coprotagonista de su propuesta: Abe (así lo revela en el dossier repartido a la salida), desarrollan a su vez una serie de peripecias bañadas de prosaica cotidianidad, casi siempre digna de obliteración en los sistemas de representaciones artísticas, políticas, sociales, las que sean.

Las necesidades fisiológicas en sentido general (comer, defecar, orinar, vomitar) se mantienen en un margen de contención, en una penumbra semitolerante, así como tantos otros procesos anónimos que llevan la comida a la mesa, las ropas a las tiendas, la electricidad a las ciudades. Y esto es ejecutado por personas, por los siervos que idealmente acoge la iglesia en su matriz inclusiva, con su promesa de abrir el reino de los cielos a todos. Es el “Cosmunismo” que entreví en una pizarra de una clase de Fernando Birri.

Por ende, nada es ajeno a la mirada omnipotente del Dios Católico, ni siquiera un hombre persiguiendo a un cerdo, matándolo y llevándolo a potenciales clientes, a potenciales devoradores de sus carnes y sus grasas. Ninguna barrera o distancia debe existir entre Abe y el Dios del cual la iglesia de Gibara es embajada material. Todo acontecimiento es igualmente vital, por tener un rol imprescindible en la mecánica de la vida desde el primer segundo de la Creación. Abe también.

Nadin escribe que “me acerqué al tema más como la piedra que se tira en un estanque que un coche que rueda por una carretera”.

“Con esto quiero decir que no hay destino fijo, sino un número interminable de asociaciones, relaciones, enredos y ecos”.

Al igual que arrojar una piedra en un estanque, el tema se despliega a través del agua en anillos concéntricos hacia la orilla. Cuando camino por los márgenes, veo que las ondulaciones se transmiten a través de la piedra, el barro, la roca, las cañas, las ranas y la hierba hacia la tierra”. Es decir, que el tema interactúa, se integra, modifica los contextos con los que termina dialogando, ya cosmos culturales, ya microcosmos personales.

La iglesia católica mixtura su universo de sentidos con las ideas originarias de Nadin, desvirgada su pureza genésica al mero contacto con las circunstancias y los fenómenos circundantes.

Mi mente se lanza a elucubrar y conectar signos en medio de una iglesia en cuyo piso yacen fotos manipuladas con óleo, de cerdos y trajes de porquerizo; en una de cuyas columnas se proyecta en loop un hombre forrado de plástico tras un jabalí en la foresta; en una de cuyas paredes se proyecta La entrega (The Delivery), un poema fílmico donde Nadin engarza imágenes y palabras. En cuyo umbral se termina repartiendo cerdo asado a los públicos asistentes, sin que venga ningún sacerdote iracundo a condenar por deglutir carne tan bíblicamente impura.

Hércules se amiga con Cristo, el Jabalí de Erimanto retoza con el Cordero.

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