Así, también, es Gibara

Por Lissette Pifferrer Martínez

Solemne momento aquel del 16 de enero de 1817, en el que la emoción de los protagonistas del hecho fundacional –la colocación de la primera piedra de la Batería Fernando VII de San Fulgencio de Gibara– debió incentivarse no solo con los acordes musicales de la orquesta que celebró el acontecimiento, sino también con la brisa del mar que nos ha acompañado hasta nuestros días.

Siglos antes el mar, en sus movimientos impredecibles, trajo las naves colombinas. Cristóbal Colón y sus acompañantes lograron en este lugar lo que no pudieron en Bariay: sostener el primer y amplio encuentro con los aborígenes de la isla de Cuba.

En Río de Mares, nombre que le dio Colón a la bahía, vieron los europeos fumar el tabaco; obtuvieron objetos de algodón hilado, como consecuencia de un inicial intercambio comercial con la población autóctona; carenaron sus naves, primera operación naval efectuada en un lugar de América; recorrieron varias leguas tierra adentro y la dimensión de las relaciones que establecieron, no escritas en el Diario que se conoce, queda en el ámbito de la elucubración, pero no sería desacertado pensar en el comienzo del mestizaje en esta Isla. Además, dos de los aborígenes apresados por Colón prefirieron escapar, tirándose al mar, lo que es sin dudas el primer acto de rebeldía, tampoco inscrito como tal, frente a los conquistadores.

Por tanto, al surgir San Fulgencio de Gibara los hijos que nacieron en sus predios han estado marcados por esa relación intrínseca con el mar, por esa historia ancestral que les hace sentir y creer en la singularidad de su terruño. Años más tarde fue también el movimiento creciente de las actividades marítimo-navales, a través de su puerto, lo que influyó en el crecimiento del núcleo urbano de Gibara y en su esplendor económico y cultural durante el siglo xix. Convertida en una población cosmopolita, sus primeros habitantes quizás se propusieron crear en ella, en pequeñas dimensiones, mucho de lo grandioso que tenían o conocían en sus lugares de origen. Y lo alcanzaron. De ahí el patrimonio arquitectónico que paulatinamente construyeron, la obtención del título de villa, la vida social que propiciaron: escuelas de primeras letras y de segunda enseñanza, imprentas, periódicos, instituciones de instrucción y recreo, el ejercicio de disímiles expresiones artísticas y la formación de artistas, un teatro majestuoso donde actuaron relevantes figuras nacionales y extranjeras, fiestas formidables.

Gibara era entonces, sin dudas, uno de los pueblos más prósperos y visitados de la región oriental del país. No en balde el sentimiento de orgullo, de pertenencia, se intensificó entre sus hijos que, instados además a ser anfitriones, también desarrollaron tempranamente un extraordinario sentido de la hospitalidad. Por eso cuando en la primera mitad del siglo xx la pérdida de importancia del puerto y la decadencia del comercio local llevó a muchas familias a la pobreza extrema, el mar, siempre el mar, persistente como los buenos gibareños, fue entonces fuente de alimentos y atractivo para veraneantes, única vía de subsistencia. La cultura fomentada durante un siglo se convirtió en arma de resistencia ante las penurias que les tocaría sufrir.

Fueron los tiempos en que los versos enaltecedores de los valores de la villa –surgidos al calor de un juego de pelota–, musicalizados, se erigieron en atípico himno local. También entonces apareció un escudo propio. Y fueron tiempos en los que hasta el pregonar de quienes malvivían de la venta de los productos extraídos del mar era creativo y musical. La artesanía y el arte culinario, a partir de productos marinos, cobraron formas propias. Y los pocos recursos monetarios se ahorraban para prepararse y asistir a las Fiestas de San Fulgencio como un compromiso ineludible.

Pero, además, fue la época en que su población apoyó la rebeldía contra los tiranos de turno y sufrió sus consecuencias; hasta ha sido el único lugar de Cuba atacado al mismo tiempo por mar, aire y tierra.

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